El miércoles pasado os hablé del proyecto Textos Solidarios y su primer libro El mundo en tus manos. Pues bien, hoy, llena de nervios y entusiasmo, os dejo mi participación en el mismo, esperando que de alguna manera, os sirva de incentivo para querer volcaros en esta iniciativa cuyo único objetivo es ayudar y hacer felices, a cuantos más, mejor.

Sin pasar de largo

Relato corto por Paloma Velilla

La habitación de Lucía y Rebeca se siente más pequeña de lo habitual. Estamos todos sentados ahí. Mis cuatro hermanos y yo en el sofá-cama de estampado floreado, y papá y mamá en el suelo de parqué. Estoy nerviosa. Me sudan las manos y miro de reojo a mis hermanos, aunque estoy convencida de que David no se entera de nada. Está gateando por el sofá y se ha empeñado en tirarse de cabeza. Laura le engancha por el pañal y mamá se levanta y le coge en brazos.

—¿Qué pasa papá? —pregunta Laura, ejerciendo su papel de hermana mayor.

—Mamá y yo queremos deciros algo muy importante.

Laura me mira con los ojos llenos de duda y yo trago con dificultad. Hay algo extraño en sus voces.

—Habéis visto en las noticias lo que está ocurriendo en Ruanda, ¿verdad? —pregunta mamá.

—Sí —contestamos al unísono Lucía, Laura y yo. Rebeca nos mira con el entrecejo fruncido y menea la cabeza de arriba a abajo en una respuesta tardía, poniendo en evidencia sus cuatro añitos.

—La cosa se está poniendo muy, muy difícil allí y los campos de refugiados son cada vez más y más grand…

—¿El sitio donde se está juntado toda la gente? —pregunto tratando de entender.

—Sí, cielo —afirma papá con cariño en su mirada— y lo están pasando canutas. Hay muchos heridos, personas enfermas, niños desnutridos y… necesitan médicos desesperadamente.

—¡¿Vais a iros?! —pregunta Laura alarmada.

—Cariño, el mundo le está dando la espalda a todas esas personas, pero nosotros no podemos mi amor, no está bien. Hay una organización, se llama Médicos Sin Fronteras, y se está encargando de llevar médicos para allá. Hemos pensado —mamá mira a papá con complicidad— que papá podría ir y ayudar. Ha aplicado para irse por un mes.

El silencio es casi tangible. 

Me miro las uñas comidas y después a ellos. De repente hay tristeza en el ambiente. Entiendo por qué papá quiere ir, pero también me duele que se vaya a un sitio donde la gente está muriendo. ¿Y si le pasa algo? 

Los días pasan demasiado rápido, y las noticias emitidas por televisión no hacen más que hablar del conflicto armado enseñando imágenes horrendas de calles desoladas de tierra roja manchadas de muerte; familias enteras huyendo con sus posesiones a cuestas, faltos de toda expresividad; y de niños desnudos corriendo por las improvisadas vías de la nueva ciudad de carpas de plástico blanco, rojo y azul.

Papá está haciendo la maleta. Mamá hace un recuento en voz alta de lo que ya está guardado y le pregunta por otras.

—¿Has metido el cepillo de dientes?

—Sí.

—¿El pijama de rayas azules?

—Sí, cariño.

Doblo el papel con el dibujo y la notita que le he hecho en cuatro, y soy consciente de que me tiemblan las manos. Intento contener las lágrimas pero no es fácil. «Se va a la guerra –me digo incrédula–, se va, papi se va». Respiro profundamente y me armo de valor. No quiero que se ponga triste. 

—Mira papi, te he hecho esto para que lo lleves contigo, pero no lo puedes abrir hasta que no estés en el avión.

—Gracias mi vida —me da uno de esos besos que sólo él sabe dar, y me acaricia la mejilla con ternura. 

Aprieto la mandíbula y me obligo a ser fuerte. En realidad tendría que salir de la habitación para explotar en llanto, pero quiero aprovechar cada minuto con él antes de que se marche. 

Laura está sentada en la cama y Lucía está abrazada a la cintura de mamá.  Papá cierra la maleta y la baja con cierta dificultad de la cama.

—Bueno, pues ya está —dice dando un profundo suspiro. Aprieta los labios y sabe, al igual que nosotras, que viene la peor parte: la despedida.

Todavía puedo sentir el olor a Old Spice de su camisa. Ese último abrazo lo iba a guardar en mi mente y en mis sentidos hasta que le volviera a ver. Ayer no fue fácil, pero hoy ya significa que queda un día menos para que esté aquí otra vez.

Los días pasan a cuenta gotas. Es insufrible. Llamó cuando llegó a Burundi, pero sólo pudo hablar con mamá. “Todo va a estar bien –nos dijo ella–, y dice que tu nota le ha encantado, que no se va a despegar de ella ni a sol ni a sombra”.

Los días de colegio se me están haciendo pesadísimos. Me siento como un zombie existiendo por inercia, esperando cada día a que lleguen las dos para poder volver a casa, saber si ha llegado carta y, si no, ver las cruentas noticias de la tarde. 

Lunes, martes, miércoles, ¡¡¡carta!!! 

«20 de mayo de 1994», leo para mí la fecha escrita con la ininteligible letra de papá y sonrío excitada. Mamá, que está sentada en el sillón del salón, se recoge un mechón de pelo detrás de la oreja dispuesta a leernos en voz alta la carta, mientras que nosotras nos sentamos en los brazos del asiento y en el suelo al lado de ella. No puedo evitar que se me venga la misma escena de Mujercitas a la cabeza, y que me embargue una emoción intensa y chispeante. Hacemos un silencio sepulcral, y la voz de mamá lo llena con las palabras de papá.

“[…] Hoy he visto hipopótamos al lado de la casa donde nos estamos quedando y me parece tan irreal la paz con la que se desenvuelven. Están ajenos a este horror en el que el mundo se ha olvidado de esta parte en particular. 

»[…] Se nos acaban los recursos y están evacuando a todos. Sin embargo, Sergio y yo hemos decidido ser los últimos en salir. Haremos cirugías hasta que ya no quede nada. Esto es increíble. He visto a la maldad personificada en mis semejantes y no tengo palabras. Sois el ancla que me ayuda a no perder la cordura, y quiero que sepáis que mis manos son las vuestras, y que al dejarme venir, lo habéis hecho también conmigo. Así como en la parábola del Buen Samaritano, nosotros no seremos los que pasemos de largo nunca”.

Las pantallas del aeropuerto de Málaga muestran que papá ya ha aterrizado. Estamos como locos. David gatea como un cachorro descontrolado, y Rebeca corretea detrás de él con su típica risilla contagiosa. Laura está colgada del brazo de mami, y Lucía y yo vamos de la mano hacia la puerta de llegada.

Miro la hora en mi reloj de pulsera ancha y me muerdo las uñas al ver que los minutos no avanzan. Cada vez que las puertas corredizas se abren dando la bienvenida a un viajero, me pongo de puntillas para ver si es él. 

—¡¡¡Papá!!! ¡¡¡Papá!!! —gritamos llenas de la más increíble alegría.

Sonríe, está feliz y aliviado, pero su semblante está tan fatigado, tan dolido, tan… distinto. No soy la única que se da cuenta, no. Nos abrazamos, le besamos y en un ambiente confuso regresamos a casa. 

Han pasado cuatro años desde que papá volvió de África. Ha ido sanando. Con el tiempo nos ha ido contando las cosas inhumanas que presenció en aquel genocidio; las dificultades que pasó, como aquella vez que le pusieron la punta de un rifle en el vientre; y otras, las hemos sabido viendo las fotos que tomó para no olvidar lo que el hombre decidió relegar demasiado rápido.

Mañana es mi cumpleaños. Cumplo dieciocho. No quiero una fiesta, no quiero regalos, sólo tengo un deseo: ser como mis padres y jamás pasar de largo ante la necesidad del otro, porque si todos lo hiciéramos ¿qué sería de mí, de ti, de este mundo? 

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Papá en Ruanda, 1994.

Para más información acerca de TEXTOS SOLIDARIOS visita: www.scripto.es

23 comentarios en “Sin pasar de largo.

  1. De entre todos los relatos que forman el libro este es muy especial. Yo no puedo establecer diferencias de valor entre unos y otros, me es imposible entre otras razones porque para mí todos son igualmente valiosos y también porque no tengo mucho criterio para compararlos. ¡Son tan distintos! Y a la vez tan maravillosos, uno a uno y por el conjunto que forman en el libro.
    Pero si puedo decir que este relato, al nacer de una experiencia real, al expresar de tal manera emociones y vivencias, al ser una historia tan cercana a la idea de nuestro proyecto, es eso, especial, muy especial, y esto es poco para lo que en realidad quisiera decir, pero… bueno, ya lo habréis leído.
    Por mi parte expresar mi enorme agradecimiento a Paloma por esta gran historia, y por todo lo que está haciendo en este proyecto. Y, como le dije en su momento, el reconocimiento de todos los que formamos parte de esta idea a su familia, especialmente al protagonista de este relato que representa para mí a todas esas personas que son el motivo de todo esto: médicos sin fronteras.

    Le gusta a 2 personas

  2. Hola Israel
    Paloma me ha mandado tu comentario y sólo quería darte las gracias por tu proyecto.
    Gracias porque en buena medida estas iniciativas dan voz a todas aquellas personas a las que no pudimos ayudar, a las personas que murieron cerca de nosotros con sus ilusiones y esperanzas detenidas para siempre.
    Ver tanto horror paradójicamente nos pone en camino hacia esa región dentro de nosotros mismos donde en algunos momentos privilegiados hemos conocido la paz y el amor a pesar de todo.
    Hay algo mucho peor que haber muerto en Ruanda y es haber matado en Ruanda o haber sido indiferente y seguir viviendo con eso.
    Una mañana después de haber operado a un pequeño de dos años y a su madre que habían sido degollados salí del hospital a respirar. Vi un cielo azul sereno y hermoso. El viento era suave y todo estaba lleno de flores y de belleza. Las lágrimas comenzaron a brotar. Tanta paz me parecía un escándalo. La belleza de las flores y los cantos de los pájaros, se convirtieron esa mañana en una aberración que no encajaba ahí de ninguna manera. Era como si el universo no se sintiese dolido, era una inmensa indiferencia universal y eso me hacía mucho daño.
    Esa impresión me duró muchos años. Me propuse no olvidar nunca por mucho que doliera. En realidad nunca he querido olvidar nada.
    Un día muy lejos de allí mientras paseaba entre flores sin sangre, comprendí algo importante. El universo habría sido indiferente al terror de aquellos días si nadie hubiese estado allí para echar un mano. La prueba de que nada es indiferente es que hay gente que va, que se arriesga, que no pasa de largo, locos tal vez cuyo único mérito es no poder soportar ese dolor sin hacer nada.
    Así que en nombre de la gente que va a todas las Ruandas del mundo y de sus familias, en nombre de todas las “Palomas” que sueñan con volver a abrazar a sus padres, en nombre de los que murieron en nuestros brazos, de los que no pudimos salvar y de los que sobrevivieron, en nombre de la humanidad que sufre aún, te doy muchísimas gracias por contribuir a que nunca se olvide. No olvidar es algo que les debemos a todos los que murieron durante aquellos días de brisa suave y flores.
    Un fuerte abrazo
    Luis Velilla

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    1. Leyendo tus palabras entiendo la sensibilidad de Paloma. Has conseguido humedecer mis ojos. Ojalá hubiesen muchos más Luises en el mundo. Gracias por tu colaboración y por hacernos partícipes de tus emociones. Un abrazo

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  3. Ahora comprendo muchas cosas, Luis.

    Comprendo por qué Paloma escribe tan bien, o por lo menos una de las razones. Al leer tus palabras me pregunto si hay algo de genética en la escritura, o si es tal vez la impronta del ambiente familiar en que nos hacemos personas, o puede, no lo sé, que se deba al celo con que los padres tratamos de educar a nuestros hijos. Seguiré con la duda, pero el resultado es evidente.

    Comprendo el poco valor de nuestra idea; no es nada en realidad comparado con el intenso sacrificio de las personas, como tú, que nos han motivado a escribir este libro. Nada es comparado con lo que podríamos hacer si fuéramos capaces de ceder trocitos más grandes de nuestra existencia a quienes por no tener, ni siquiera tienen derecho a soñar con un día más, o a quienes de una forma u otra se entregan a la causa del ser humano, quienes le devuelven un poco de dignidad a este mundo con sus actos, quienes con sus manos curan y arreglan vidas torcidas por la fuerza.

    Comprendo también la grandeza de tus palabras, la gran verdad que las motiva, esa misma verdad que hemos tratado de imaginar desde nuestras vidas cómodas y despreocupadas para darle algo de luz. No es en vano nuestro esfuerzo, pero es solo una gota de agua y el vaso es enorme. Como seres humanos tenemos la obligación de mirar para ese lado del mundo, de plantarle cara a esa realidad incomoda y también de mirarnos a nosotros mismos. De hacernos muchas preguntas, entra las que los “por qué” en realidad no son tan importantes como los “qué puedo hacer”.

    Pues en el fondo esa es la gran cuestión: hacer. Hacer poco ya es mucho en este mundo que casi no hace nada. Pero sigue siendo poco en este mundo que tanto necesita.

    Yo no acuso recibo de tu agradecimiento, pues solo me hace avergonzarme de todo lo que podría hacer y no hago. No soy digno de esas palabras ni merezco nada porque esto solo se debe a distraer un poco de tiempo con buena intención, pero no hay sacrificio, no hay entrega, y tal vez si haya algo de lavar la conciencia con un acto expiatorio, que en realidad no es más que otra gota de agua. Ni siquiera tengo derecho a sentirme un poquito mejor persona. No. No puedo aceptar que en nombre de todo lo que me estruja el corazón se me agradezca algo tan nimio, cuando estoy aquí en mi terraza con un café y mucho por vivir mientras siguen habiendo demasiadas Ruandas por las que no muevo un dedo.

    Perdóname, Luis, por ser tan poco humano. Pido a Dios que me de fuerzas para cambiar, porque el camino me lo muestra todos los días en los informativos.

    Por último, comprendo el aliento y el mensaje de comprensión y solidaridad que has visto en nuestro proyecto; al leerlo en tu comentario me emociona pensar en todas las personas que hemos colaborado, son ellos quienes han creído que merecía la pena, quienes se están volcando en esta idea, quienes merecen la satisfacción de haber hecho algo, quienes han tratado de traspasar los paisajes para llegar al entendimiento, a la realidad del dolor y el efecto devastador de la barbarie.

    Son ellos quienes han recogido la semilla y la han hecho crecer y dar fruto en forma de poesías y relatos. Son quienes lo hacen posible y quienes, como yo, queriendo despertar conciencias han terminado despertando las suyas propias.

    Necesitábamos un prólogo, de hecho me lo había prometido un escritor consagrado con el que me une una gran amistad, pero creo que ya lo tenemos. Si quitamos de tu comentario mi nombre y le quieres dar algún cambio, por mi parte y creo poder hablar en nombre de todos, sería un gran honor abrir nuestro libro con tus palabras.

    Un gran abrazo, todo mi reconocimiento y muchas gracias por ser todo un ejemplo de lo mejor de la condición humana.

    Le gusta a 3 personas

    1. Muchas gracias por tus palabras, quiero que sepas que son muy importantes para mí.
      Si te parece adecuado usar mi comentario como prólogo, para mí sería un honor.
      Lo retoco un poco y te lo envío a ver qué te parece.
      Un abrazo

      Le gusta a 2 personas

  4. No se cuantos adjetivos le pondría a este relato, o mejor dicho a vuestra historia, creo que el mejor es que es real, que las personas con o tu padre que vemos en TV en los mil incendios que tiene este mundo, son reales. Me ha encantado Paloma, así como los comentarios de Luis, tu padre, hay mucha humanidad en él, y también en ti. Abrazos !!

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  5. Querida paloma soy una prima de tu padre sigo todo lo que escribes y en muchas ocasiones me emociona. No dejes nunca de escribir porque tienes muchas cosas que contar muchas experiencias que poca gente ha vivido y lo haces muy bien

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    1. ¡Muchas gracias, Florence! Me alegro mucho de que te haya gustado y recibo esa bendición con el corazón abierto. A nivel familiar fue un tiempo que nos marcó de una manera muy importante a todos. Fue una lección intensa y decisiva que, por supuesto, quiero transmitir a mis hijos, tus nietos. El amor al prójimo es lo más importante y más grande en esta vida. Te quiero mucho. Un abrazo muy fuerte.

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  6. Qué complejo debe ser escribir un texto de estas características; partiendo de un tema tan profundamente humano como imposible de entender. Por mi parte no creo tener la capacidad de poder manejar un tema que me afecta tanto (al margen: hace años, muchos años, que tengo inacabada una novela sólo porque el tema central es la muerte de mi padre; tan fuertes son las sensaciones que me abordan aún cuando esté escribiendo sobre algo, no sólo viéndolo o tratándolo).
    Te felicito por tu cuento, Paloma; creo que ha sido una decisión inteligente el comenzarlo cuando la narradora es una niña y terminarlo cuando ella ya es una joven adulta que toma sus propias decisiones. Uno acompaña al crecimiento espiritual de este personaje y sólo espera o sueña que este hecho puntual de tu relato se repita una y otra vez a lo largo y ancho del mundo.

    Un fuerte abrazo.

    Le gusta a 1 persona

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