Cuento por Paloma Velilla Vico

Érase una vez un niño que nació con tan solo siete meses de gestación. Después de entrar a la luz por primera vez, necesitó asistencia para respirar y alimentarse. No fue hasta unas semanas más tarde que, por fin, llegó a su hogar para disfrutar del constante calor humano de sus papás. 

El niño fue creciendo con buena salud y, cuando aprendió a hablar, lo primero que dijo no fue el típico papá o mamá. Más bien, parecía fascinado con las palabras: amarillo y rojo, siendo esta última la más difícil de pronunciar, pero, como en todo, “la práctica hace al maestro” y no tardó en decirla correctamente. A sus padres les pareció curioso que cuando estaba con su mamá la mirase y la llamara amarillo y cuando jugaba con su papá le dijera siempre rojo.

Ellos no ponían objeción ante aquella singularidad de su hijo, sin embargo, llegado el día de su sexto cumpleaños, después de soplar las velas y de que los invitados se marchasen, su madre, curiosa, lo sentó en su regazo para preguntarle:

               —Cariño, ¿por qué nos llamas así? Para ti soy amarillo y papá es rojo.

               —Y ¿por qué no? Tomás es azul, Andrés verde y Santiago amarillo, como tú.

               —¿Qué quieres decir?

               —Que todos tenemos colores. El mío es rojo, igual que papá.

               —Ah ¿sí?

               —Ajá.

               —Y dime, corazón, ¿dónde ves esos colores?

               —Pues en los ojos, ¿dónde si no? ¿Es que tú no los ves?

               Ella se quedó en silencio por unos segundos y parpadeó ligeramente mientras observaba, atónita, a su pequeño. Achinó la expresión y finalmente volvió a hablar:

               —¿Me lo podrías describir? Dime cómo están los colores en los ojos.

               El pequeño frunció el ceño sin comprender. ¿Por qué su mamá le pediría explicar algo que todos tenían y que ella misma podría ver si se mirara al espejo? Suspiró, desarrugó la frente y cogiendo la cara de su madre dijo:

               —Cada persona que conozco o que veo en cualquier lugar tiene un círculo de color que rodea su… su… —intentó decir señalando su ojito derecho.

               —¿Pupila? —preguntó ella para ayudarle.

               —No, no, la otra parte —aclaró volviendo a colocar la mano sobre la mejilla de su madre.

               —El iris.

               —Sí, ¡eso! El iris. El tuyo es de color amarillo. Es muy bonito. Mami, ¿ves el mío? ¿A que es muy, muy rojo? Más rojo que el de papi.

               Después de esa escena, sus padres le aconsejaron que no compartiera aquello con nadie, ya que era un don con el que había nacido, un regalo único que, probablemente, los demás no podrían comprender. “Las diferencias no son siempre bien aceptadas por las personas”, le dijo su papá.

               Pasaron los años y el niño dejó de serlo llegada la pubertad. Durante esa transición y realizando el constante ejercicio de guardar el secreto, había ido apuntando en un cuaderno ya algo desgastado las características observadas en las personas según el color de aquella franja de un milímetro y medio que cada una poseía. Se interesó primero, como era de esperarse, por las individuos amarillos y rojos.

Abril, 2007                   

Conclusiones hasta el momento

       Amarillo: personas afables, de palabras cálidas. Buscan la paz y huyen del conflicto. Amplia facilidad para hacer amistades y mantenerlas. Excelentes consejeros. Reciben las palabras de los demás con optimismo a pesar de que estas no siempre sean positivas.

       Rojo: personas introvertidas. Parecen vivir ajenas a la realidad, aunque no me cabe duda de que miran a su alrededor con ojos bastante críticos. Son de pocas palabras, pero cuando las pronuncian suele ser interesante. Sin embargo, tienen la tendencia a sentirse ofendidos por las de los demás.

       Verde: los que menos me gustan. Son frívolos, manipuladores, aduladores… Tienen un peligroso manejo de la palabra. Hacen daño sin sentir ningún tipo de remordimiento. He conocido diferentes rangos de actuación, aunque, en general, su nivel de egocentrismo representa un problema.

       Azul: después de bastante trabajo de campo he decidido bautizarlos como: los de doble cara. De palabras tranquilas de frente, pero dañinas por detrás. También conocidos como los de la “puñalada por la espalda”. Se dejan llevar por sus estados de ánimo y, a pesar de que pueden ser buenos amigos, hay que tener cuidado. Nunca confíes demasiado en ellos. ¡No lo olvides!

      Violeta: Los que hablan y hablan. Tienen una capacidad de conversación asombrosa. No les faltan los tópicos, no obstante, no saben escuchar y no son los mejores consejeros. Es fácil estar con ellos. Son optimistas y vivarachos.

Transcurrió el tiempo y al ahora muchacho le tocó viajar por el mundo junto a sus padres. Su oficio de médicos y su entusiasta labor en el campo de ayuda humanitaria los llevaron a conocer India, Tailandia, Egipto, Honduras hasta que, finalmente, aterrizaron en Estados Unidos por motivos académicos. Tras semejante aventura y una vez instalados en su nueva residencia, en una ciudad de montaña al noroeste del país, el chico de diecisiete años apuntó:

Enero, 2011

       Después de haber estado en diferentes regiones del globo y de haber conocido a gente de toda raza, religión y cultura, puedo asegurar la existencia única de los cinco colores ya registrados. El modus operandi de cada grupo posee características similares manejadas, eso sí, en mayor o menor intensidad, dependiendo del individuo.

Teniendo esta supuesta “ventaja” me he dado cuenta de que me cuesta cada vez más expresarme con libertad y recibir las palabras de los demás con calma. No sé si peco o no al pensar esto; ignoro si estoy siendo desagradecido, pero quisiera no poseer este regalo. Estoy cansado.

               Entrar a mitad del ciclo lectivo del tercer año de High School, más conocido como Junior year, en un colegio cuyo imponente edificio histórico era capaz de quitarle el aliento a cualquiera, no fue fácil. Aquel primer día de clases fue semejante a tirarse de cabeza en un laberinto enmarañado y frío. El muchacho, convertido ahora en todo un jovencito que debía afeitarse dos veces a la semana, se adentró por los pasillos del establecimiento buscando la oficina administrativa con el fin de recibir su horario de clases. Una vez en su poder, se encaminó a paso ligero hacia la taquilla asignada: la ciento tres. Dejó lo que no iba a necesitar durante el primer período allí y, cuando cerró la puerta, se encontró de frente con la dueña del casillero anexo. La chica, de cabellos largos, negros y ondulados, de piel morena y ojos grandes y muy verdes, le extendió una sonrisa amable y se marchó. El jovencito parpadeó aturdido y su vista nublada se quedó fija en ningún punto en concreto. Tragó con dificultad y, una vez salido del letargo, se giró para buscarla. No la encontró.

               Llegó la hora del almuerzo y, bandeja en mano, rastreó las mesas de la cafetería para ver si hallaba a la chica de ojos verdes. No estaba por ningún lado, así que se dio por vencido. Terminó y, como aún le quedaban unos cuantos minutos libres antes de la siguiente campanada, salió al patio para tomar algo de aquel aire invernal que tanto le gustaba. Una vez fuera, se subió la cremallera del abrigo y, al cerrar completamente la apertura del cuello, la vio, no muy lejos de allí, dando un paseo con una sonrisa dibujada en su rostro moreno. De vez en cuando, la chica cerraba los ojos mientras andaba, suspiraba, inhalaba el aire, como si de un regalo se tratase, y los volvía a abrir. Él se quedó paralizado en la última grada incapaz de decidirse a acercarse a ella, así que continuó observándola.

              Inesperadamente, el timbre sonó con fuerza llamando a los estudiantes; la chica pegó un brinco y, sin tardar, corrió hacia el jovencito que aún seguía hincado en el concreto que daba acceso a la entrada del edificio. Antes de llegar allí, ella trastabilló y cayó de bruces en la nieve. En ese instante, él volvió en sí y fue a ayudarla. Cuando la levantó y ella terminó de sacudirse la nieve de encima, sus ojos se encontraron. En cuestión de segundos y sin decir nada, la chica realizó una leve inclinación de cabeza a modo de agradecimiento y se alejó, aprisa. El muchacho frunció el ceño de nuevo, aturdido, y le costó respirar.

               Llegó el final del día y aunque esperó en su taquilla a que llegara ella para poder entablar una conversación, no tuvo éxito y se dirigió a casa sin poder quitársela de la cabeza. Entró en su habitación, cerró la puerta y sacó del cajón de la mesilla de noche su preciado cuaderno. Buscó la siguiente página en blanco y tras varios clics inseguros de un bolígrafo indeciso, por fin escribió:

         13 de enero de 2011 (nunca ponía la fecha exacta, pero aquel era un día distinto a los demás).

       Hoy ha ocurrido lo inaudito. He conocido a una chica, es especial. Parece original de la India y… (pasaron los segundos al son de su reloj despertador mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para definir lo que “creía” que había ocurrido) me he quedado alucinado al comprobar que no tiene ninguna franja en sus ojos. Sus iris están desprovistos de ella. Es la primera vez en mi vida que conozco a alguien así. Procuraré acercarme para descubrir el porqué.

               Al día siguiente, a pesar de que coincidieron en el pasillo y en clase de cerámica, no se atrevió a dirigirle la palabra, simplemente se dedicó a estudiarla. A lo largo de la semana pudo afirmar que se trataba de una persona tranquila y solitaria. Nadie le preguntaba nada y ella tampoco hablaba con sus compañeros o profesores. Era como un submundo en aquel universo escolar. Sin embargo, sonreía continuamente, saludaba con gestos, mantenía una relación cordial con todos a su alrededor y paseaba por el patio nevado, después de comer un bocadillo traído de casa, haciendo siempre el mismo ejercicio de cerrar los ojos, suspirar, inspirar y abrirlos al exhalar. Si se encontraba con algún árbol o planta en su camino lo acariciaba distraída y sonreía con su mirar. El joven no pudo evitar fijarse en su peculiar o, más bien, atípica belleza. Aunque no respetase los cánones “impuestos” por aquella actualidad, su expresión y aura lo atrajeron haciéndole pensar que se trataba de alguien “hermoso”. Le extrañó el uso interior de esa palabra para describirla, no obstante, era el adjetivo que predominaba en su mente cada vez que la contemplaba. No podía evitar perderse en aquellos iris sin franja y, ella, cuando se percataba, siempre le respondía con un gesto afable.

               El miércoles de la siguiente semana se levantó convencido de que hablaría con ella. Su estudio debía pasar a la siguiente fase: necesitaba profundizar en su carácter, en su forma de pensar. Quería conocer detalladamente qué características predominaban en su comunicación oral.

               Se instaló en el pasillo esperando a que llegase, como cada mañana, para colocar sus cosas en el casillero. Sin embargo, se sorprendió al ver que un chico de apariencia algo destartalada abría la puerta de la taquilla, ahora vacía, para apoderarse de ella tapizándola con pegatinas extravagantes y coloridas. El portazo con tono metalizado le avisó de que dejara de mirar al nuevo sujeto y, extrañado, se dirigió a clase de inglés con preguntas que, días después, serían respondidas a través de conversaciones ajenas: la chica se había mudado a otra ciudad.

               Pasaron los años universitarios y el joven creció para convertirse en un adulto trabajador y responsable. Llevaba una vida cómoda, pero aún le costaba entablar amistades debido a los colores. Los conocía bien. Las palabras que salían de los verdes y azules siempre eran sospechosas. Los violetas le parecían superficiales por muy amables que fueran, y conseguía llevarse algo mejor con los amarillos por su decir cálido y sincero. La clasificación cromática se había convertido, de cierta manera, en un tormento, en un obstáculo. Se sentía solo, apartado.

               Aquella tarde, tras salir del trabajo, decidió aprovechar el billete de entrada para el jardín botánico, que su jefe le había obsequiado la pasada Navidad. La primavera se hallaba en pleno, así que supuso que sería la ocasión ideal para dar un paseo por el lugar.

El olor de las flores le resultó embriagador. Los matices del alrededor una auténtica obra de arte. Los senderos estaban cuidados y caminó a gusto acompañado por el continuo cantar de los pájaros. La luz del sol comenzó a menguar paulatinamente haciendo que los tonos de las plantas adoptaran opacidad. Siguió el recorrido, sin prisa, apreciando complacido ese momento de paz hasta que un sonido diferente arrastró a su curiosidad. Dio pasos torpes a través de un terreno que no debía pisar y, entonces: esa espalda, ese pelo largo y ondulado, la piel morena de sus brazos…

               —Disculpe —dijo, inseguro.

               No hubo respuesta.

               —¿Hola? —insistió.

               Al ver que no reaccionaba se atrevió y posó una mano sobre el hombro extraño. Ella se giró de inmediato y se deshizo de los auriculares inalámbricos. Le observó primero con expresión sorprendida, luego, ladeó ligeramente la cabeza y profundizó. Él se olvidó de respirar por unos segundos al comprobar que era ella, que esos iris verdes seguían siendo libres de un perímetro que la hiciera clasificable. Cuando la necesidad de oxigenarse le sacó de la parálisis, carraspeó, avergonzado.

—Per-perdona. Sé que no debería estar aquí, pero es que te he visto de espaldas y creí reconocerte. No es que nos conociéramos en realidad; éramos vecinos en el pasillo del instituto y… —ella sonreía de manera continua sin interrumpirle y eso lo incomodó. No existían muchas personas que fueran así. Parpadeó, contrariado— bueno, solo quería comprobarlo para salu…

               Ella acortó el espacio entre ellos y cogió su cara con las dos manos, consiguiendo que él se quedara sin aliento. Le obligó a que la mirase y continuó ladeando la cabeza sin pronunciar palabra, sumergida en el estudio de aquellos ojos que la observaban de manera distinta al resto. Luego recorrió sus facciones con una curiosidad divertida hasta que, finalmente, asintió en silencio. Abandonó su rostro y fue hasta una mochila verde olivo que se hallaba apoyada sobre el tronco del árbol recientemente bautizado por el rótulo clavado en el suelo de tierra oscura. Sacó su teléfono y con dedos ágiles escribió un mensaje en él. Cuando terminó, volvió hacia el hombre y se lo enseñó con cara de satisfacción.

Ves los colores, ¿verdad?

Leyó él para sí y no supo qué contestar. Era un secreto, uno que había tenido la obligación y cuidado de guardar para que nadie lo tomara por un loco.

La joven retiró la pantalla de sus narices y volvió a tamborilear sobre ella antes de mostrársela de nuevo.

Sé que es así. Yo también los veo. Te sorprende no ver ninguno en mis ojos, ¿no es así? Por eso sientes curiosidad hacia mí.

La cara de expectación de la ahora botánica era una mezcla de alegría y excitación. Sus pupilas bailaban sobre las de él mientras este leía y releía aquel texto escrito sin tinta.

—¿No puedes hablar? —preguntó él, por fin, e inmediatamente se arrepintió de ello, sin embargo, por su mente se le cruzó la idea de que por eso no tenía la franja de color: porque no podía pronunciar palabra.

Ella frunció los labios para darle la razón y se encogió de hombros. Seguidamente, giró el teléfono hacia sí para escribir.

Esa no es la razón por la que ya no poseo una barrera en mi mirar.

«¡Ah! ¿No?», preguntó él con sus cejas, a lo que ella respondió poniéndose a su lado:

No. La palabra y el sentir del corazón son dos cosas muy diferentes. Digamos que mi mudez es una virtud más que un obstáculo. Se aprende mucho cuando no puedes hablar para defenderte o hacerte oír.

El silencio de su acompañante fue una señal para continuar con la explicación.

¿Qué color limita a mis iris? Fíjate bien; tómate tu tiempo.

Y escrito esto, le miró abriendo sus párpados más de lo normal. Al él, al principio, le costó no reírse ante tal estampa, mas después, después se perdió en aquellos ojos verdes mientras los segundos volaban entre aromas floridos. Un leve picor en la garganta le hizo volver en sí y se la aclaró, nervioso.

—No tienes ninguno, aunque creo que podría decir que blanco, ya que el globo ocular lo es y a lo mejor tu franja está fundida con él.

Ella sonrió. Parecía complacida. Sin tardar utilizó el teclado de su teléfono.

¿Conoces la teoría de los colores de Isaac Newton?

Él asintió.

—En el blanco están contenidos todos los colores. Lo descubrió gracias a la luz y el uso de un prisma.

Tus ojos son como ese prisma. Es un don que la mayoría no posee, pero si no sabes por qué se te ha dado, no descubrirás el maravilloso significado que tiene y lo que eso supone para tu vida. A través del sentido de la vista tienes la capacidad de ver el arcoíris que lleva por nombre humanidad. Cada ser tiene un color que lo caracteriza, que muestra sus fortalezas y debilidades, que lo etiqueta, ¿verdad?

—Tengo un cuaderno lleno de anotaciones acerca de ello. Si te soy sincero, estoy cansado, quiero meterme en una cueva para no ver, sobre todo para no escuchar más a esos colores.

Las palabras tienen el poder que tú les des, no al revés. Las palabras son solo eso: conjunto de fonemas que dicen algo, pero el significado o valor que tengan en tu vida solo depende de ti. Esto lo he aprendido gracias a mi “ventaja”.

Le miró, sonrió y retomó su quehacer.

Sin embargo, me parece que andas un poco perdido. Se supone que tu don ha de ser una bendición, no una maldición. Verás: los colores bañan el entorno. Son atributos que percibimos cuando existe luz. Si los ves es porque hay luz en lo que observas y, a través de esos primas que se te han concedido, tienes la capacidad consciente e inconsciente de experimentarlo como una preciosa unidad, como un todo (blanco) manifestado, por medio de la luz, en una explosión de matices, sí, con sus partes oscuras y claras. Cada color es una expresión de amor; del mismo amor con el que un pintor da infinitos toques sobre un lienzo cuyo significado final se haya en lo más profundo del corazón de ese creador.
Olvídate de tu cuaderno, de las notas, de la clasificación y separación de colores. Venimos de la misma luz, todos juntos somos blanco.

A partir de entonces, cada mañana fue un nuevo despertar interior, una oportunidad para ver a través de unos ojos cuya franja roja iba desapareciendo poco a poco. El otro dejó de ser sospechoso, los colores dejaron de ser sus enemigos para convertirse en un grato recordatorio. La paz adornó su corazón y aquel niño, aquel joven y ahora adulto, fue finalmente feliz.

               Y sí, yo también tengo curiosidad acerca de cómo continúa la amistad entre el niño que veía colores y la chica de ojos verdes, pero esa… esa es otra historia.

FIN

4 comentarios en “El niño que veía colores.

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