Pues para poneros al día de lo que he denominado como “desavances”, os cuento:

Este 6 de enero, como estaba previsto, salió la resolución del Premio Nadal de Novela, y como era de esperarse me quedé en el banquillo de los desechados. Sin embargo, como dije en el post que trataba el tema, el solo hecho de haber participado ha valido la pena. Así que ahora a pasar página y a otra cosa mariposa.

En cuanto a mi participación en el programa NaNoWriMo (si queréis saber más no dudéis en visitar el post: Siempre hay una primera vez 2.), deciros que no llegué a escribir las 55.000 palabras durante el período estipulado (un mes), no, para ser precisos, al final de esos maravillosos 30 días, el contador de palabras desplegado con timidez en el monitor del ordenador, marcó un modesto 16.012, pero bueno, ya es. He arrancado con mi tercera novela y eso ¿qué puedo decir? ¡¡¡VALE ORO!!! ¡No me puedo quejar!

Para celebrar mi avance-desavance, os comparto un fragmento del primer capítulo. No os cuento de qué va porque sería trampa, pero podréis apreciar el carácter de la protagonista de esta nueva aventura que no ha hecho más que despegar. ¡Espero que os guste!

CAPITULO I

—¿Por qué coño se cree usted que necesito dar la vuelta por aquí?

El señor de unos setenta y tantos años continuó pegado a la bocina de su Rover 2000 del ´64, como si se le fuera la vida en ello. Rosa estaba que le iba a dar algo. O aquel señor de nariz chata y peluda reaccionaba, o se juraba que le iba a estrangular.

—¡Mire! Comprendo que esté molesto porque vamos en contra de la vía, pero verá —tomó aire intentando seguir controlada, se agachó y se apoyó sobre la base de la ventana abierta del Rover—, para ponernos como Dios manda en este aparcamiento minúsculo de nuestra querida Madrid, necesito dar la vuelta y, como podrá darse cuenta, estábamos en ello hasta que usted llegó.

El señor continuó bocinando como si estuviera sordo, y ni siquiera se prestó para hacer contacto visual con Rosa, lo que ella consideró como una falta «brutal» de respeto.

—¡Míreme que le estoy hablando! Le estoy diciendo que…

El hombre frunció el ceño aún más, dejó de bocinar por un instante, y en lugar de ello  atizó a ese par de manos extrañas que había osado en apoyarse en su más fiel compañero. El anciano, en cuanto Rosa hubo quitado las manos, subió manualmente la ventanilla y dio acelerones amenazándola a ella y a su hermana Rita que se encontraba pegada al volante deseando que todo aquello acabara cuanto antes, sobre todo para evitar que su hermana de carácter «celestial» no cometiera homicidio durante esa fría mañana de noviembre.

—¡¿Pero qué haces desgraciado?! ¡Usted a mí no me toca! ¿Se ha enterado, viejo descarado?— le gritó como una posesa golpeando sin pudor la ventana avenjetada del automóvil. Apretó los labios más enfadada que nunca y con pies que si no hubieran sido de carne y hueso hubieran taladrado el suelo, se dirigió hacia su coche-—. No hay manera tía, este tío está más pirado que Juana la Loca —dijo sentándose de golpe en el asiento del copiloto—. Métete ahí y deja pasar al muy cabrón.

—Vale, voy, pero tía, ¿crees que era necesario ponerse a pelear con él? No sé, al fin y al cabo es un señor may… —Los ojos de Rosa la apalearon al segundo y Rita se dio por vencida a la milésima—. Vale, lo dejo, pero digo lo que digo.

Rita, que era tres años mayor que su querida Rosa la conocía bien. Sabía que el sentido de la justicia podía con su hermana y, que hasta que no se enfriara su alma embotada, sería mejor no sacar el tema.

—Mira, ahí está Roberto —señaló Rosa hacia el área de Caja de la primera planta del aparcamiento de la Plaza Benavente.

—¿Dónde? Pues ahí, mírale.

—¡Ah, va! Ya le veo —por lo que seguidamente llamó a su hermano con la bocina para que supiera que ya estaban.

Roberto, un chico de quince años y de carácter más bien afable que, al ver el numerito que estaba armando su hermana, había decidido bajarse del coche y buscar asilo momentáneo en un área donde pasara desapercibido, miró a sus hermanas haciendo un movimiento desesperado de ojos, y se subió a la parte de atrás del Nissan Matiz, o como él prefería llamarle «del coche Barbie».

—Vaya tela tía, ¿no?

En seguida Rita le miró por el retrovisor y le abrió los ojos desmesuradamente para hacerle entender que se estaba metiendo en aguas peligrosas.

Rita optó por llenar la tensión en el ambiente con la canción de Bruno Mars «24K Magic», y así, envueltos en nada más que música y pensamientos ocultos, salieron rumbo a Los Molinos, para pasar un estupendo fin de semana familiar en casa de su querida abuela materna, Purificación.

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