Sé que el título no es muy grato para este último día del año, sin embargo, dentro de él se encierra una protesta. Es un llamado de atención a la tendencia que tenemos los seres humanos de vivir sin vivir y de hablar mal del otro.

Durante este año repleto de cambios en mi vida, he aprovechado para reflexionar acerca de este punto, y creo fervientemente que el continuo uso que hacemos en nuestras conversaciones de la crítica al otro, es una de las barreras más grandes que nos separan de la felicidad. Hablar negativamente de nuestro prójimo es como un veneno que nos contamina el alma, así que el ejercicio de lo opuesto es, sin duda, el antídoto.

Es cierto que en ocasiones hay personas que nos lo ponen realmente difícil, no lo voy a negar. Pero cuando es así, tenemos que pensar y decidir. Decidir si ese individuo en particular aporta algo a nuestras vidas o, por el contrario, nos hunde en la miseria anímica. Si es así, lo más sabio sería alejarnos de él. Nuestro bienestar interno es algo que tenemos que proteger por salud.

Así que, para el 2019, me he propuesto no hablar mal de nadie, buscar lo positivo en cada situación y vivir lo más despierta que pueda sin dejarme llevar por lo que la sociedad espere de mí.

Con esto y un bizcocho, no os dejo hasta mañana a las ocho (como dice el refrán), pero sí que os comparto la última reflexión del 2018.

¡Feliz año a todos! Que en estos trescientos sesenta y cinco días sin estrenar, consigamos ser una mejor versión de nosotros mismos.

Cansada.

Cuando pierdes tu voz y no tienes palabras.

Cuando algo está dormido en tu interior y te sientes desahuciado en un mundo que es y gira; y sale el sol y se pone en una constancia que parece absurda.

Intentas sacar la cabeza a flote para poder respirar y recuperar el sentido.

Pasas los días sin esperar nada de ellos. Están llenos y, sin embargo, los percibes vacíos.

Las palabras, los paisajes, los sonidos, son como cortinas de humo que se difuminan borrados por los vientos que se mueven en tu interior.

A veces me siento tan cansada de mis hermanos los seres humanos, de mí.

Cansada de mi ego y del de los demás. Tan, tan cansada.

Cansada de escuchar palabras vacías y de decirlas.

Cansada de tener que llenar el tiempo no perdiéndolo al estándar de esta sociedad que corre no sé muy bien hacia dónde ni por qué.

Aprendemos y ejercemos.

Atesoramos y perdemos.

Valoramos y deshacemos sin remordimientos.

Allá se matan con armas y aquí con palabras. 

Matamos cuerpos y matamos almas.

¿Qué somos, qué hacemos?

¿Y qué diablos me importa?

Y me siento y escribo y siento que, detrás de ese cansancio que hace que me encierre en mí misma, hay una capa que sostiene mis emociones, buenas y malas, con una candidez que me deja descolocada.

Y, entonces, me acuerdo.

Sé cuáles son las respuestas y recupero la paz. Pero sé que volveré al mismo punto una vez más. Uno en el que de nuevo me chocaré con mi ego y con el tuyo.

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