Hace dos años abandoné Miami con muchas incertidumbres. Dejar atrás la comodidad habitual para lanzarse a la aventura en un sitio frío (en todos los sentidos), puede ser un reto importante. Aunque nos hallemos en el mismo país (Estados Juntitos), desplazarse a otro estado, es como cambiar de eso mismo, de país. La demografía, las tradiciones, los horarios, paisajes, cultura… cuasi todo es diferente y, el proceso de adaptación, no es muy sencillo que digamos. Hasta la misma retina se enfrenta a sus líos particulares. Nunca olvidaré cuando, después del primer día de clases, mi hijo Daniel llegó a casa diciendo: “Mamá en mi cole ¿por qué son todos alemanes?”. Y es que la criatura hacía alusión a que el noventa y siete por ciento de los alumnos son rubios, de ojos azules, piel clara… Viniendo de Miami, donde existe un popurrí cultural y racial de los buenos, el choque del primer encuentro es serio, eso es así.

Utah es un estado precioso. Cuenta con parques naturales capaces de quitarte el aliento y de hacerte sentir muy, muy pequeño (en el buen sentido… uno espiritual en el que te das de bruces con tu “falsa individualidad”). Salt Lake City, por su parte, está bordeada de montañas y no importa en qué punto del valle estés, las puedes ver y dejarte maravillar por ellas. La naturaleza que lo rodea todo te da juego, durante cualquier estación del año, para practicar todos y cada uno de los deportes al aire libre que se te puedan ocurrir. La gente, en su gran mayoría perteneciente a la religión mormona, es muy amable, educada, organizada, limpia… alucinaríais con lo respetuosos que son en las señales de stop de los cruces de cuatro vías. En fin, hasta ahora todo suena idílico, ¿no?…

Pues no, porque en general, se respira una frialdad a la que no estaba acostumbrada, pero no me quiero explayar en esto porque, a parte de que sería un poco largo de explicar, más bien quiero hablar acerca de la afirmación conocida por algunos de que, espiritualmente (inspiración) hablando, el sitio donde estés afecta directamente a tu estado de ánimo y conexión con todo. Y sí, creo que, indiscutiblemente (desde mi propia experiencia), hay verdad en ello y, sin embargo, también creo que es una excusa que alimenta al peligroso círculo del “pobrecito yo”.  Un círculo que nubla, no solo la razón, también puede opacar las capacidades artísticas, disminuir el empuje para emprender, para escribir…

Desde que llegué a Utah he estado batallando una lucha continua conmigo misma. Una lucha que me ha quitado el sueño durante muchas noches; una lucha en la que, a veces, me he sentido absorbida por los demás y en la que he pensado que iba a desaparecer, pero no mi yo, al contrario, más bien, en donde para subsistir he visto a mi yo más a flote que hacía tiempo. Una lucha, insisto, en la que me negaba a perder de vista lo verdaderamente importante. Cuando te sientes como un pez fuera del agua tiendes a encerrarte en ti mismo y, si tienes la fortuna de dar con peces como tú, peleas por adaptarte (asunto peligroso) con tal de sentirte, otra vez, bien y… ¿todo esto por el sitio donde estás o por las personas que habitan una tierra? ¡Qué terrible! ¿No? Y pasados dos años de pelea constante (y ahora mismo me atrevería a decir que absurda), como digo, conmigo misma, por fin ocurre y escribo la resolución de mi alma, el decreto de paz.

“¿Cómo sentirme lejos de casa cuando el presente es mi hogar?

A veces me siento perdida; la sinrazón me acorrala con sus paredes imaginarias, cada una con un nombre, una idea, una forma, un rostro diferente.

¿Por qué escucho su voz? Me faltan las fuerzas para levantarme y luchar. Me dejo llevar por un ego atormentado y apago la Voz, la otra, que no deja de llamarme… pero me levanto y, al final, sigo luchando.

La luz debería brillar en cada rincón de mi interior no importando dónde esté o con quién esté.

El desierto en el que me sumerjo es una mera invención de mi yo preocupado y que constantemente grita: ¡No quiero desaparecer!

Cierro los ojos… una y otra vez. Sé cuál es la verdad. La siento muy adentro.

Abro los ojos y, por un instante, vuelvo a despertar. ¡Oh, qué regalo!

Este lugar que me parece hostil es tan mío como mi carne suya.

Salgo, toco la tierra y me fundo en la certeza de que no hay separación; de que no hay motivo para la tristeza; de que soy. Soy con el aire que respiro ahí mismo; soy con la tierra que me inunda el tacto; soy con la infinidad de verdes y marrones que se filtran a través de mis pupilas.

Cierro los ojos y digo: ¡Gracias!

En un exhalo que parece eterno sé que nunca he dejado de estar en casa”.

Pero la cosa no se queda ahí, porque, en esa perfecta sincronía ejecutada a la perfección por el universo, me encuentro con un regalo que lo explica todo:

“¡El cuerpo es una prisión para quien no ama su cuerpo!

¡La vida es una prisión para quien no ama la vida!

¡El mundo es una prisión para quien no ama el mundo!

¡La prisión es una prisión para quien no acepta la prisión!”

Y estas palabras leídas, poco después, en el fantástico libro de Jacques Castermane, ¿Cómo se puede ser Zen?, que provienen de una carta que recibiera el autor de manos de un preso de aquel entonces, me hacen llorar y continúo leyendo para sonreír al ver lo que, Castermane, cuenta a continuación:

“Ayer, al saltar de la cama, abro las contraventanas y en ese mismo momento queda manifiesta mi primera queja del día: ¡Mierda, está lloviendo!.

Al momento (y poco después de leída la carta del prisionero); me parecía escucharle: -La lluvia es una prisión para quien no ama la lluvia.

¡Qué gran enseñanza! Le estoy agradecido”.

Y yo también, porque en esas cuatro frases viene toda mi lucha explicada: Al final, somos prisioneros de nuestro propio yo y sus melancólicos gustos, cuando la tierra es una, cuando, repito, no importa dónde o con quién estés, ya estás en casa, ahora, ahora y ahora. ¡Qué manía con mirar siempre afuera!

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9 comentarios en “Donde quiero estar.

  1. Muy bueno tu escrito. Es la lucha constante de quienes escuchan el llamado desde lo más hondo de su alma, pero aún así se resisten porque no quieren perder su ego. Todos, en cualquier momento de nuestra vida, pasamos por allí y a partir de ese momento la lucha es de todos los días. No creo en la casualidad, creo en la sincronización. Un gran abrazo.

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