Child planting a young tree seedling in a forest
A kid crouches down planting a small tree in a lush forest

Llegó a mi corazón esta historia por sincronías de la vida y decidió escribirse en prosa poética. ¿Por qué? Ni idea, pero así inició y lo dejé fluir, quizá, a modo experimental.

Espero que os guste.

Relato por Paloma Velilla

Érase una vez un bebé que, como todo ser nacido, vino al mundo sin nombre, pero que, a diferencia del resto, no recibiría ninguno durante los primeros años de su vida.

Vivía solo con su madre en el corazón de un bosque olvidado en una cabaña de maderos caídos, cañerías oxidadas y ventanas desgastadas. Habitaban allí entre abetos, fresnos y almendros, entre aromas a tierra mojada, pino y brizna temprana. El murmullo de arroyos cercanos y el rumor constante de las hojas acariciadas por el viento, adornaban el ambiente haciendo de la situación una menos penosa.

Su madre era una mujer sumida en una depresión profunda causada por el abandono. Primero dejada por su familia, quien la despojó de contacto y herencia por haberse casado con un hombre de poca calaña y, luego, por su marido, quien sediento de alimentar sus propios deseos alejados, por supuesto, de las responsabilidades conyugales, se marchó sin mirar atrás dejándola sola, pobre y al cuidado de una criatura que, sin saber muy bien por qué, sonreía más que lloraba. Al menos eso era de agradecer y, sin embargo, no le bastó, pues estaba deprimida y con «razón»; tenía el derecho a no estar sosegada.

Se sostenían gracias a las bondades del párroco del pueblo quien, por obligación cristiana, les pagaba la luz y el agua. Había también un alma piadosa que rondaba aquellos bosques solitarios: la loca anciana de la Laguna Acrisolada. Cada dos semanas, la dama se ocupaba de la criatura y preparaba comida con los ingredientes de su propia labranza. La llamaban loca porque las personas denominan locura a todo aquello que no entienden, aunque nombrar lo que se desconoce sea en sí una estupidez soberana. Ella lo sabía, mas no le importaba, pues reinaba en su vida y en sus modos una paz jamás quebrada. Hallaba en su soledad y en aquel paraje escondido, responsable de innumerables cuentos de hadas, un oasis que la alejaba de mentalidades mustias y controladas.

La anciana disfrutaba de cuidar al pequeño; percibía en él una bondad profunda, clara. A sus dos años el niño era un explorador incauto. Sentía curiosidad por todo aquello que estuviera al alcance del tacto: el agua, la tierra, el fuego (si se descuidaba) e incluso el aire, en los días más ventosos de las tardes de otoño.

Antes, siquiera, de que sus pensamientos tuvieran sentido, según lo estipulado por los adultos, se dio cuenta de su unión y estrecha relación con aquellos elementos. Ya a los tres años entendía a la perfección el papel esencial del agua: le lavaba, lo saciaba. Su tacto era suave y escurridizo; su sabor variaba dependiendo de su procedencia y suministraba abundancia no solo a su ser, sino a animales y plantas. La tierra era distinta. Al tacto su textura variaba dependiendo de si estaba fría o mojada. Su sabor no le agradaba, pero entendía su importante papel en la vida, ya que las verduras provistas por la anciana, que ingería de buen gusto, eran fruto de sus bondades y siempre ganaba. Ganaba fuerza, destreza y, desde luego, talla. Al fuego le tenía respeto. La primera vez lo consideró violento pues le había quemado, sin embargo, en las noches de invierno el calor desprendido por sus llamas, abrigó a su piel de tal manera que un placentero sentimiento de agradecimiento le inundó con calma. El aire era el mejor de los misterios. Tenía la bondad de acariciarle, a veces le hacía cosquillas y se reía adornando el bosque de pura alegría. La primera vez que fue consciente de que el aire entraba por su nariz, se divirtió durante horas observando el ir y venir de su propio pecho y entendió, con peculiar sencillez, que con cada inspiración el aire y él uno eran, y que dependía de él de manera acompasada.

La anciana le caía bien. Su madre nunca hablaba, pero cuando ella llegaba le cantaba canciones que, aunque a veces no entendía por el enredado juego de rimas, le repiqueteaban en los oídos, en la piel, y sus miembros inquietos se movían al son de aquella balada. Pronto se dio cuenta de que la mujer no era la única que cantaba. También lo hacían los pájaros, los grillos durante el ocaso, las dos gallinas que correteaban frente a la casa; lo hacía el agua al rumorear entre las rocas, el fuego al crepitar sobre los maderos, el aire al rozar las hojas… hasta la misma tierra cuando era barrida, aplastada o pisada. Él, queriendo ser partícipe de semejante concierto, aprendió a tararear antes que a hablar y disfrutaba de aquello incapaz de parar.

Pasó el tiempo y su lengua fue ágil y sabia, por fin habló y lo hizo con una elocuencia poco propia de la edad. Un día, durante la típica visita de la anciana, le comentó a esta que las cortezas agrietadas de los árboles se asemejaban a la piel de su cara. «Son un enmarañado de surcos que cuentan la historia de tu vida: una simple y sin trucos». Elogió también el tono platino de sus canas y ella le explicó que, aunque el dicho rezara: «Las canas son muestra de la sabiduría», el saber no venía de la vejez, sino del descubrimiento del ser sin habladuría vana.

La anciana lo amaba, pues hacía siglos que no se topaba con un alma tan pura, tan blanca. Sin embargo, en un día inesperado, aquel niño de la cabaña y del bosque, cuyo nombre nunca supo, fue llevado por los servicios sociales a un hogar de bien, se enteró luego, no muy lejos de la cabaña.

El niño por fin recibió un nombre; «Jaro» fue el otorgado. Al principio lo llamaban por él, pero al no sentirse identificado tuvo que esperar a que, a base de prueba y error, hiciera mella en su interior.

Jaro fue al colegio. Aprendió palabras nuevas, hizo amigos y vivió cada vez más ocupado, cada vez más alejado de aquellos espacios que habían conformado su hogar. Su curiosidad por el tacto menguó, ya que pronto aprendió que había cosas más importantes a las que prestar atención. Sus padres y la sociedad habían marcado objetivos claros para su vida, y su presente se convirtió en la construcción de un futuro que parecía cada vez más distante, porque a pesar de avanzar, siempre había metas más lejanas que alcanzar.

Pasaron los años y Jaro sintió ahogarse entre papeles, paredes de concreto y pantallas de cristal viciado. Vivió cumpliendo metas o, como algunos lo nombraban: sueños, aunque entre tanto objetivo y tanto logro no supo si eran suyos o de otro. Otro que, sin saber por qué, identificó como Jaro quien, siendo él mismo, por primera vez lo consideró un extraño. Y a esa sensación ausente de música y sumida en amargura le siguió una pregunta: ¿Quién soy yo?

Creció y continuó sumergido en tareas, eventos sociales y redes que lo hacían vivir como un ser separado. Cosas raras pasaron pues, aunque observara sus manos, no las veía como suyas, parecían de trapo. A veces perdía el tiempo viendo su propia imagen en el espejo templado y, mientras tanto, aquella pregunta siguió escuchando: ¿Quién soy yo? Sus ojos continuaron perdidos en sí mismos en aquel reflejo opaco. Una cosa estaba clara, lo sabía en sus entrañas, «Jaro» no era la respuesta, aunque la escuchara.

A aquella primera interrogante el tiempo le fue sumando otras: ¿Cuál es el sentido de esta vida? ¿Vivir a merced del monstruo insaciable del futuro? ¿Dónde está el disfrute? ¿Por qué me siento perdido entre tanto y tantos?

Jaro ya no era un niño ni un joven desbaratado. Recién graduado del postgrado, decidió volver para caminar por el pasado; estaba hastiado de remar hacia la boca del insaciable. Sus padres lo ayudaron a dar con aquel bosque olvidado, y allí fue sin nadie, pues sabía que ese viaje debía hacerlo al menos aquel año.

Encontró la cabaña abandonada y, el olor a tierra mojada y corteza desgastada, le trajo el recuerdo del rostro ausente de su madre angustiada. Sin embargo, otro personaje le vino a la mente, pues al observar los árboles se acordó del gesto afable de una anciana.

Empezó a andar entre abetos, fresnos y almendros en flor. Sus pies, de alguna manera, conocían el camino, conocían las almenas de aquellas torres de madera. Se dejó llevar sin resistencia, pues la voz que nunca calla con tesón insistía: «sigue, camina». Aquel paisaje le resultó tan familiar que el ritmo de la marcha aceleró en vez de menguar. Se topó entonces con una laguna de aguas cristalinas y vio, al fondo, una cabaña cuyos maderos lamidos por el agua, se erguían todavía como lo habían hecho en ayeres lejanos.

Se acercó a la morada y los latidos de su corazón explotaron sin razón, o eso pensó, porque al tocar la puerta tres veces, creyó estar llamando al pórtico de su alma. La loca anciana de la Laguna Acrisolada acudió a abrir, nada apresurada. Se encontró de frente con aquel varón y sin necesidad de preguntar supo enseguida de quién se trataba: era el niño sin nombre de la cabaña abandonada.

—Hola, soy Jaro —se presentó.

—Jaro, dices. —La anciana frunció el ceño, se sintió disgustada.

—Jaro soy.

—¿Estás seguro de eso? —preguntó ella, dirigiéndose al fuego de la chimenea, pues aún en primavera el frío helado hacía de las suyas en sus huesos debilitados.

—Sin duda, ese es mi nombre —contestó él, extrañado.

—No era esa mi pregunta, pero pasa, pasa. —Lo invitó con la mano—. Has dicho Jaro soy y te he preguntado si estabas seguro de ello.

—¿Cómo no voy a estarlo? Estoy completamente seguro de que soy Jaro.

—Es curioso, muy curioso —dijo ella, acercándose sin prisa al fogón de la cocina—. ¿Té?

—Sí, por favor.

—Toma asiento —indicó ella, terminando de verter el agua caliente en las tazas con aguamiel. Sacó dos platitos a juego de la alacena, y mientras colocaba aquello en la bandeja, tarareó la canción que antaño entonó. Jaro arrugó la frente y sintió que alguna teja caía en picado dentro de su mente perpleja. Esa balada la conocían sus entrañas y, observando los movimientos lentos de la anciana, esperó a que se acercara.

—¿Por qué le parece curioso que esté tan seguro de quién soy? —preguntó, recibiendo el té de aquella mano arrugada.

—Porque cuando te conocí no eras él.

—¿Se acuerda de mí? —La anciana asintió desde la comodidad del otro sillón—. Pues dígame: ¿quién era yo?

—Eras el que eras —contestó, encogiéndose de hombros.

—¿El que era? ¿Qué quieres decir? ¿Quién soy yo?

—¡Ah! —exclamó ella, haciendo que su taza de temas florales chocara con el plato coloreado—. ¿No es esa la pregunta que nos hacemos todos? ¿No se esconde en ella el mismísimo sentido de la vida? Qué cosa tan sencilla en apariencia y complicada en profundidad, ¿no te parece? o ¿era al revés?… Complicada en apariencia y sencilla en profundidad. —Meneó la cabeza, indecisa—. Los grandes sabios y místicos de esta y otras épocas se hacían y hacen exactamente la misma pregunta. Pero tengo otra que hacerte: ¿qué haces aquí?

Él reposó su té terminado sobre la mesilla situada entre los dos sillones tapizados. La reflexión de la anciana fue una casualidad que le produjo cierta tensión disfrazada.

—Quería recordar este sitio, de dónde vengo, dónde empezó todo —explicó, apreciando el baile de las tibias llamas, sintiendo su calor sobre la piel helada.

—¿Dónde empezó el qué? ¿A qué te refieres con todo? Eres un tanto vago en tus respuestas, lo que me sorprende, pues de pequeño eras versado. —Dio un sorbo al té y observó de reojo a aquel ser nervioso—. ¿Qué es lo que quieres recordar concretamente? Piensa bien antes de contestar. —Se levantó, recogió la taza de té de la mesilla y llevó la vajilla sucia al fregadero lustroso.

—No entiendo, ya se lo he explicado —dijo él, consternado.

La anciana de pelo enredado y canoso, se quitó el delantal y se hizo con un sombrero de paja.

—Sígueme. —Y dicho esto salió de la cabaña a su antojo.

Obedeció y fue en pos de ella hacia un huerto esplendoroso. Le pidió que la ayudara a sacar las zanahorias del suelo terroso.

—¿Tiene guantes? —preguntó Jaro.

—No hay guantes. De pequeño hubieras estado encantado. Te fascinada pasar tiempo con la tierra.

—Querrá decir jugar con ella.

—No, he dicho lo que quería decir: te entusiasmaba pasar tiempo con ella, olerla, tocarla, mirarla, alguna vez la probaste, aunque doy fe de que no te gustó nada. También pasabas tiempo con el agua… con el aire…

—¿Y cómo diablos pasaba tiempo con el aire?

—Tu tono es clara evidencia de que no tienes ni idea de lo que el niño sin nombre te ha traído a recordar.

—¿El niño sin nombre?

—Ese quien eras y aún eres, aunque lo hayas olvidado. Es el que no deja de formular la pregunta. Y si no es Jaro el que la hace, ¿quién es? —Se miraron en silencio envueltos por el crepúsculo. El cielo estaba coloreado de tonos rojizos aterciopelados, se despedía del día bañando el campo de promesas tardías—. Anda, ayúdame. Saca el fruto de la tierra que te alimentará luego gracias al agua, al sol…

Jaro metió los dedos dentro de la tierra suelta. Estaba fresca y suave y aquella sensación por un momento lo distrajo.

—¡He ahí un atisbo! —exclamó ella, y carcajeó—. Maravilloso, ¿no? —Jaro la miró con el ceño tan fruncido que la loca anciana elevó un suspiro y, entonces, creyó que brindar un poco de luz era merecido—: Querido niño, vivir es un regalo que solo unos pocos saben disfrutar. Se vive ahora, este segundo, en plenitud, sin buscar nada más allá de lo que es ahora mismo, y tu ahora, son esas manos llenas de tierra. —Jaro se las miró, pensativo y cerró los puños. La anciana discernió entonces que había comenzado a meditar, así que continuó—: Se respira y se inspira la vida de este preciso momento y se es consciente del regalo. ¿Te acuerdas cuando sabías que eras uno con el aire en aquel porche de la cabaña destartalada? No he visto a criatura más embelesada. —Él no respondió, aunque algo dentro de él golpeaba las paredes de su interior—. Esa palabra que parece inalcanzable (me refiero, por supuesto, a felicidad, por si a tu mente le da por divagar) está tan próxima como el aire que te llena ahora, y ahora y ahora. —Le dio unos segundos para dejarle respirar—. Ser feliz —prosiguió—, una utopía que hemos forjado cuando serlo es tan sencillo como ser. No tienes que llenar el silencio, lo dejas ser, porque en lo que parece no haber nada, está todo. Antes eras feliz porque eras, porque sentías, por el simple hecho de que había vida en ti. Disfrutabas de cosas que a ojos de otros son insignificantes, porque a pesar de serlo todo, parecían invisibles. Eras consciente de que formabas parte del milagro, del misterio, de la vida, vida, vida —repitió, mientras sus manos bailaban al viento—. Antes, querido niño, cerrabas los ojos y te inundaba la certeza de que solo importaba ese preciso instante. Soy, eres, somos, uno solo. Amor, amor, amor —expresó, canturreando—. La existencia es la expresión más alta del amor. ¿No te acuerdas? Hay belleza en todo, en todos, ahora, ahora y ahora. Respiro —explicó, se levantó e inspiró profundamente, haciendo que su pecho se expandiera hacia el frente—, cierro los ojos —los cerró—, soy, momento, tras momento, tras momento. ¿He dicho suficientes veces la palabra momento? Porque puedo tomar otro enfoque que no cause choque…

Inconscientemente, Jaro llenó también sus pulmones, pero más profundamente, con ahínco, como si en el sencillo hecho de respirar estuvieran escondidas las respuestas a su mente afligida. Fue en ese respirar consciente que sus pulmones se embriagaron no solo de aire, no, también de recuerdos que afloraron como raíces en expansión a lo largo de su cuerpo relajado. Sus oídos despertaron. Encontró música en la tierra, en el aire, en su alma. Aquello que era vida lo recorría a él, a todo. Su ser cantó con el agua, con el viento, cantó con los grillos y las cigarras y recuperó así, en un soplo de lucidez, la memoria perdida. Tarareó aquella canción primera y reconoció en ella a esa voz que siempre lo había llamado. Supo quién era.

Llegó a casa con el espíritu renovado, había recobrado el sentido de la vida, las ganas. Abrió el cajón de su mesilla de noche y tomó un cuaderno desgastado testigo de sus pesadillas. Lo abrió y, entonces, aquellas páginas antes dueñas de un sabor amargo, cambiaron de razón, pues eran reflejo del camino andado. Eran los pasos de su alma, esos que lo habían llevado de vuelta a casa. Leyó parte de lo último allí escrito:

 «Por alguna razón, veo el esplendor de mi ego, soy consciente de él, y me avergüenzo de mí, de lo que soy capaz. Me desconozco», y decidió agregar el final:

Sin embargo, me veo, y al hacerlo, también reconozco la esencia de aquello que me hace ser y, entonces, desechando esa esplendorosa oscuridad, vuelvo a encontrar la paz.

Detuvo el trabajo de su pluma por un parpadeo. La voz en su interior cantaba la historia de su alma y aunque era solo melodía, la tradujo a palabras:

Me gustaría que el hombre fuera otro.

Me gustaría que el amor, el entendimiento, la aceptación y la incondicionalidad fueran para todos y en todos.

Me gustaría poder tocarme y liberarme de aquello que me hace daño, de lo que me va matando lentamente.

Quisiera ser sin prisiones, sin barreras, sin prejuicios, sin miedos; ser en plenitud. Uno con el aire que respiro, uno con el sol, uno con mis sentidos.

Quiero absorber el derredor.

Quiero llenarme de vida.

Hizo una pausa pues la pluma le pesaba. Había algo más, allí, en lo más hondo de sus entrañas.

No lo entiendo —escribió por fin—, no lo entiendo. Quiero arrancarme las capas de piel para llegar a lo profundo de mi existencia y así hacerlo.

Entender la maldad.

Entender el odio.

Entenderte a ti, al otro, a mí, a todos.

¿Entender?

No.

No hay nada que entender,

nada que buscar,

nada que encontrar,

solo hay que ser y cuando sea, entonces…

Nada…

y con ella paz,

y con ella todo,

y con ella…

Nada…

Plenitud,

vida,

todo

y con ello…

Nada.

Y en esa nada…

Felicidad, porque dejo de ser siendo.

No hay separación, y si no la hay, todo está completo, yo estoy completo.

No hay dualidades.

No hay bien, no hay mal, no hay inconcebibles,

solo hay lo que hay…

Vida.

El latido de mi corazón.

La expansión de mis pulmones,

mis sentidos y, por tanto, la felicidad de ser consciente de que soy uno con todo.

Amor, amor, amor…

Y así supo vivir de nuevo como el niño sin nombre, despojado del traje con aquella etiqueta denominada: «Jaro». Vivió sus días sin sufrir por el pasado, sin temer al monstruo del futuro, disfrutando del segundo, tras segundo, tras segundo. Volvió a casa aun cuando nunca se había alejado y allí, asentado en la comodidad del continuo presente, alzó la mirada para encontrarse con la tuya, querido lector y, así, con la simplicidad del eterno niño, preguntarte:

¡¿Quién eres tú?!

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