Instrumentos útiles para la escritura de ficción (Parte III).

img_2661Un día, mientras estaba sentada frente al ordenador sumergida en mi quehacer mediático para alcanzar mis objetivos (que más que míos, los impuestos por nuestra era), escuché la voz de mi marido (el chico guapo de la izquierda) a mis espaldas:

-¿Vamos?

-Espera, es que ahora no puedo, tengo que…

-Mi amor, primero tienes que vivir para poder escribir, ¿no?. Déjalo ya, vamos.

Y con esas simples 7 palabras, me quedé inmóvil pensando un escueto: “¡Es verdad!”. Y a raíz de eso me puse a darle vueltas al tema.

Vivir para escribir.

Para poder escribir y contar, primero tengo que vivir y, para hacerlo, tengo que dejar de lado la tecnología/redes sociales y ser capaz de regresar a la vieja usanza de observar y hablar con la gente que me rodea; tengo que disfrutar de la familia y hacer mío todo lo que tengan para darme; y tengo que desear menos y ser más.

Como dijo el Rabí Nackmann de Brazlar:

Igual que una mano delante de los ojos tapa la montaña más alta, la pequeña vida terrenal esconde innumerables luces y maravillas que abundan en el mundo, y quien sea capaz de quitársela de delante igual que se retira la mano, ése verá el esplendor enorme de los mundos interiores.

Por lo tanto, no nos conformemos con lo pequeño de esta vida. Ejercitémonos, seamos capaces de ir más allá y vivamos en plenitud, para que lo que contemos tenga un sentido y sensibilidad especiales, y para que nuestra historia y su mensaje, trasciendan.

Ejercicio 1: Dejar de lado la tecnología/redes sociales.

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Foto *

Esto es algo muy difícil para mí, pero he decidido aplicarme en ello. Aunque he de reconocer que me cuesta más hablar con los demás, que observar, lo voy a intentar, pero ¿de qué se trata el ejercicio que os propongo?

¿Cuántas veces no nos hemos encontrado en una sala de espera, en el autobús o incluso en la cola para pagar en caja, con el móvil pegado a la cara? A mí me pasa, y mucho. Pero lo más grave no es eso, es el hecho de levantar la cabeza y darte cuenta de que el 95% de los que están a tu lado, se encuentran en las mismas. Si lo piensas, es una escena un tanto triste. Hemos dejado de observar nuestro derredor para encajar toda nuestra atención en una pantalla, dejando de hablar con el que está presente, para “textear” con el que no lo está o para vivir en una red social que nos dice a todos lo mismo. Nos estamos olvidando así de esa faceta indispensable del escritor de descubrir, a través de aquello que podemos ver o que nos pueden contar, a nuevos personajes, diálogos, escenas y, por qué no, historias enteras.

Dorotea Brande, una de las editoras americanas más grande del siglo XX, nos exhorta a aprender a mirar de nuevo para ser mejores escritores, advirtiéndonos lo siguiente:

El genio mantiene de por vida la viveza y la intensidad del interés que siente un niño sensible ante un mundo en expansión. Muchos de nosotros mantenemos esta capacidad de reacción hasta más allá de la adolescencia; muy pocos hombres y mujeres maduros tienen la suerte de preservarla en la vida cotidiana […]. 

Esta falta de lustre en nuestra apreciación del mundo, a la que todos nos rendimos cobardemente, es un peligro real para un escritor. Puesto que no estamos disponiendo cada día nuevas cosas que observar, nuevas sensaciones que tener, nuevas ideas, tendemos a volver en busca de material al mismo periodo de nuestras vidas, para escribir y reescribir eternamente las sensaciones de nuestra infancia o primeros años.

Para ser escritor (2015), Dorothea Brande

Y esto lo sugirió al publicar su libro en 1934, cuando todavía no existía ni teléfonos móviles ni, mucho menos, redes sociales. Así que hagámonos una idea de las barreras con las que nos encontramos hoy en día, y luchemos por recuperar aquello que para muchos está en peligro de extinción. Dejemos el móvil guardado, observemos la peculiaridad de todas las cosas, y hablemos con los seres humanos que justo estando a nuestro lado, esconden en sí un mundo nuevo de posibilidades creativas. Vivamos haciendo al otro parte de nuestro diario vivir. Descubramos, con nuevos ojos, las maravillas de todo lo que es.

Ejercicio 2: Disfrutar de la familia.

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Cuando escucho la palabra familia, se me vienen a la mente imágenes que van marcadas con un sinnúmero de emociones, unas más gratas que otras, pero que fusionadas, sólo me dejan sentir una: amor.

El primer lugar donde se nos enseña a amar (o así debería ser) es dentro de ella. Desde pequeños recibimos el cálido cariño de nuestros padres y si tenemos hermanos, aprendemos a cultivar ese amor, creando lazos tan fuertes que parecen inquebrantables.

Aunque la estructura social “familia” sea quizás una de las más antiguas de nuestra historia, hoy en día está considerada, por muchos, en peligro de extinción. El costo de vida, los horarios laborales, nuestras aspiraciones adquisitivas, nuestros niños en horarios escolares extendidos, el no poder cuidar a nuestros mayores…, la falta de tiempo. La lista de situaciones impuestas y autoimpuestas nos ha hecho, como sociedad, descuidar los tesoros que se esconden tras una vida familiar saludable, tras un saber estar y escuchar a nuestros mayores, tras un ejercicio de respeto, tras un amar primero a mi padre, madre, hermano, para después poder amar al otro.

12631420_10153932886149295_5455606388214167077_nPodría extenderme en este tema, pero para no aburriros,  me voy a enfocar, sobretodo, en ese saber estar y escuchar a nuestros mayores. Tenemos tantas cosas que aprender, tantas que escuchar, tantas que disfrutar. Incluso me atrevería a decir que fueron más osados que nosotros y vivieron esta vida que se nos ha regalado con mayor intensidad.

Así que el ejercicio propuesto aquí es ese: darle tiempo a nuestros mayores (abuelos, padres, tíos, tíos abuelos, etc.). Escuchemos las historias que nos tienen que contar acerca de su vida. Sacaremos de ellas, seguramente, a parte de admiración, una fuente de ideas que nos sirvan para escribir más y mejor.

En mi caso, os quiero presentar a mi abuela María de la Salud (la niña juguetona de arriba). Era una mujer ejemplar. Siempre dio su vida por los demás, por su familia, por sus hijos, y cultivó en ellos con su ejemplo, un verdadero sentido de amor por el prójimo.

Aunque su memoria a corto plazo ya no era su fuerte, si le dabas la oportunidad, te contaba historias de su pasado que eran para escribir un libro.

Durante la guerra civil española (1936-1939), tuvo que huir de Toledo a Madrid con su madre y sus seis hermanos. Estaban matando a los seminaristas, y siendo mi tío abuelo uno de ellos, tuvieron que salir de allí dejándolo todo. Siempre nos contaba con pesar el hambre que pasaron al llegar a Madrid, y lo difícil que fue tener que pedir pan en la calle. No obstante, cuando lo relataba, siempre había un brillo especial en sus ojos, uno que decía: “éramos más fuerte que todo eso”. Esa garra, ese espíritu y esa vitalidad con la que nos hacía vivir su pasado, siempre fueron de inspiración para mí y sé que aquello marca también, el tono de lo que ahora escribo. Además, he de confesar que mi libreta y yo nos aliábamos de vez en cuando, para apuntar momentos anecdóticos brindados por ella.

“-Abuela, ¿tienes frío?

-¿Cómo? ¿Que si respiro?”

“Mi abuelo eructó en la mesa y mi abuela dice de broma:

-Prefiero que los eche que si no hay que ir otra vez a urgencias.

Una de mis hermanas pregunta alarmada:

-¡¿Fuisteis a urgencias?!”

“-Niña, baja las persianas que si no nos van a disparar.”

Ejercicio 3: Desear menos y ser más.

Cuando mi marido me dijo eso de “primero tienes que vivir para poder escribir”, también se me vino a la mente lo siguiente:

Vivimos en una sociedad que a parte de individualizarnos cada vez más, nos invita sin descanso a consumir. El consumismo nos envuelve como una manta asfixiante que no nos deja vivir. Hemos generado, inventado, impuesto una serie de necesidades fantasmas, que lo único que hacen es presionarnos a querer tener más y se nos olvida vivir de verdad. Esto puede ser terrible para el escritor, cuando lo que tendríamos que hacer en vez de invertir en cosas es hacerlo en experiencias.

Willigis Jäguer, en su libro En busca del sentido de la vida, nos hace reflexionar acerca de ello recordándonos el mensaje de Shakyamuni Buda.

Dentro del mundo de las formas no habrá ninguna explicación del sentido de la vida.

Y más allá de aplicarlo a la naturaleza en sí, me gusta hacerlo sobretodo a los objetos que nosotros hemos creados y que hemos tildado de necesarios.

Tantas cosas necesitamos, que hemos llegado a creer fervientemente que si no las tenemos no seremos felices y, sin embargo, cuando por fin las tenemos, queremos más, y más, y más… Se nos hace imposible así ser felices, porque hemos olvidado que la felicidad no está en poseer algo, si no en ser. Y si no somos en condiciones, se nos hará aún más difícil escribir con autenticidad o, por lo menos, esa es mi opinión.

Para concluir con el tema ¿En peligro de extinción? (¿En peligro de extinción? ¿En peligro de extinción? II) Os dejo con un video que me mandó mi hermana Lucía y que tiene un mensaje precioso y muy cierto. Si no le echáis un ojo os estaréis perdiendo de algo muy, muy bueno. ¡Ahí lo dejo!

 El círculo de la necesidad

 

Foto* https://apasionadadelasredessociales.files.wordpress.com/2016/06/lucir-estrategia-redes-sociales-3.jpg

11 comentarios en “¿En peligro de extinción? III

  1. Qué bonitos recuerdos familiares. Yo estoy de acuerdo con tu marido, “hay que vivir para escribir”, y viajar, conocer gente, culturas, comer diferente, bailar, cantar, llorar, amar, sentirse amado… para escribir hay que vivir taaanto!! Un saludo, Paloma.

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  2. Primum vivere, deinde philosophari. No solo porque el arte difícilmente da para comer, sino también y sobre todo porque la vida es la mejor fuente de inspiración y contenido para un creador. Pero, ¿acaso son incompatibles comer y crear? ¿Producir impide contemplar? ¿Trabajar es un obstáculo para imaginar?
    Yo creo que no. Que se puede encontrar el equilibrio que nos permite hacer a la vez que inventar. De hecho, mantener viva la llama mientras se ejerce de persona hace que podamos adquirir una conciencia distinta de cuanto sucede a nuestro alrededor.
    Se puede estar haciendo cola en el supermercado y observar a toda esa gente, la mejor cantera de personajes que se pueda imaginar. Se puede estar trabajando y a la vez pensando que ese trabajo no es solo un medio que nos permitirá después dedicar tiempo a escribir, sino que ese trabajo es un fin en si mismo, forma parte de nuestra vida y puede ser fuente de ideas y conocimientos.
    Se puede vivir y filosofar, no son incompatibles. Es solo una cuestión de actitud.

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    1. Estoy de acuerdo. Cada aspecto de nuestra vida es una fuente de inspiración y una oportunidad para ser consciente. En cuanto al trabajo, efectivamente, es algo que viene en el paquete de la vida, siempre lo ha sido. Desde trabajar la tierra para recibir su fruto y comer, hasta hacer de contador de una empresa para que ésta funcione y lo haga productivamente. Cualquier cosa que se haga “despierto” es para bien. Hay que vivir sin perdernos de ningún detalle, porque lo que se esconde hasta detrás de la más ínfima cosa, trae consigo, como dices, nuevas ideas. Gracias Israel!

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