Cuando inicié este blog, lo hice con la intención de compartir con todo el que quisiera, mi camino como escritora en construcción. Hace poquito, en el post Sin flotador y sin saber nadar., anuncié que me encontraba a un paso de tirarme al agua, pues bien… ¡HA SUCEDIDO! Y como dije: sin flotador. La foto de portada es sumamente importante para la ocasión, ¿por qué?, porque jamás pensé que el hecho de apretar SEND pudiera ser tan aterrador.

El porqué de tanto pánico es difícil de explicar. Quizá fue porque todo se dio debido a un arrebato tras terminar la “decimonovena” lectura del manuscrito. Terminé de leer y dije: “¡A la mierda! Lo mando ahora mismo y que sea lo que tenga que ser”. Me sentía agotada, pero a la vez decidida y, sin embargo, a la hora de mandarlo…

Náuseas, temblores, sofocos, y un dolor punzante de tripa de esos que dices: “me tomo ahora mismo un té de tila y si lleva valeriana, mejor que mejor”.

Sabía que el correo de introducción que acompañaba al manuscrito era escueto, pobre, pero como siempre he pensado que al final lo que importa es la idea, o más bien la historia, me armé de valor e hice aquel “clic” que ahora no hace más que llenarme de emoción, nervios, y de un montón de “y si”.

La experiencia no termina ahí, no, porque hubo una respuesta, pero para esa tendréis que esperar al siguiente post.

Por ahora, y como la ocasión lo amerita, os dejo un fragmento del primer capítulo de El llamado. (El que ya me conoce sabrá por qué éste, en específico, es tan importante).

Gracias por acompañarme, y si queréis compartir vuestra experiencia (no lo voy a negar), me muero por saber qué sentisteis en la misma situación.

Un abrazo muy fuerte y ¡hasta la próxima!

dibujo

CAPITULO 1                                                                      Copyright 1-4343980572

—¡Abre los ojos! ¡Ábrelos! —su voz era queda e interrumpida.

Dejé de colocar la ropa limpia en el armario y me acerqué a la cama alta en la que llevaba ya dos días acostado. Tenía los ojos abiertos y la vista perdida en algún punto del techo. Su labios se movían delicadamente pero casi no vocalizaba.

—¡Abre! ¡Abre los ojos! —volvió a decir en medio de un agitado delirio y, de repente, su mirada me encontró—. ¡Aurora! —exclamó con fragilidad— ¡Tienes que ver!

No comprendí. Agaché un poco la cabeza para acercarme aún más a él.

—¿El qué abuelo?

No me contestó y su cuerpo se sacudió sobre la cama.

Mis ojos se inundaron de dolor. Las lágrimas brotaron dejando un rastro de amargura a su paso.

«Vamos, vamos, solo es un ataque como los demás. ¡Lo es!. Parece que se va a ahogar y después tose una y otra vez y todo vuelve a la normalidad» me dije buscando algún tipo de esperanza donde en el fondo estaba segura, ya no la había. “Le quedan unos días –había dicho el médico–, tiene edema pulmonar, los tiene llenos de líquido y ya no podemos hacer nada más, lo siento”.

Alejé el recuerdo de mi mente e intenté incorporarle un poco, pero pesaba mucho y no estaba en la capacidad de colaborar conmigo. Sabía que la cosa cada vez estaba peor, pero…

«Respira abuelo, respira. No estoy preparada para verte marchar».

Se calmó y recuperé algo de ilusión.

Miré la hora en mi reloj de pulsera barato deseando que la tía volviera pronto del súper. Le miré con ternura observando sus facciones aliviadas y dormidas, y le acaricié la cara sin afeitar. «No, no lo estoy abuelo. Todavía no te puedes ir».

«¿Pero en qué diablos estás pensando? —replicó una voz con tono de alucine que provino de alguna parte de mi cabeza—. Sabes que es lo que toca. ¡Por el amor de Dios, Aurora, tiene 88 años y está listo para marcharse!»

Otra vez.

No cogía el aire. Estaba pálido y sus ojos tenían una expresión de angustia que me estaba destrozando por dentro. ¿Qué podía hacer? Pero lo sabía, aunque no quisiera aceptarlo, lo sabía.

—¡Te quiero abuelo, te quiero! Te quiero con todo mi corazón. Estoy aquí. Aquí contigo.

Cogí su mano con fuerza y tras toser con dificultad volvió a calmarse. Suspiré tensa. Me llevé la palma de su mano a mi mejilla acalorada y le contemplé con pena. Bajé los párpados perdiéndome en el sonido de su respiración y repasé con cuidado sus dedos finos y arrugados que tantas cosas me habían señalado, regala… Algo cambió. Abrí los ojos asustada y de pronto, fui consciente de que su exhalar no había vuelto a invitar al aire.

Silencio.

Su cara tenía un aura de paz que me dejó perpleja. Su pecho ya no subía ni bajaba. Sus ojos ya n…

Salí de súbito de aquel espejismo y una sensación de rotura me invadió despiadadamente. Dejé caer su mano fría, me levanté de la cama e inúltilmente le pregunté:

—¡¿Abuelo?!

Silencio.

Las piernas me fallaron y sin poder remediarlo caí al suelo de rodillas estremeciéndome en un llanto que me estaba rompiendo por dentro.

Moví la cabeza en una intensa negativa y de mi interior brotó un grito desgarrador:

—¡NOOOOO! ¡NO! ¡NO! ¡NOOOOO! ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? ¡ABUELO, NO, POR FAVOR, NOOOO!

Abrí los ojos.

18 comentarios en “¡¡¡Madre mía!!!

  1. Tengo poco tiempo en el descanso para leerlo como se merece, pero prometo ddicarle el tiempo que merece el hecho de arriesgarse y como siempre me digo……no importa si no soy el primero porque no soy de los que miran la carrera, yo sudo y llego a meta, yo gano.

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  2. ‘¡Abre los ojos!’

    Que emocionante. He leído esas palabras más de 10 veces en mis travesías por tu manuscrito, Paloma. La verdad es que es el comienzo de una aventura que se vive en la mente pero se siente en la carne.

    ¡Mucho éxito! Cada vez que te veo por aquí te encuentras más y más… mojada. 😉

    ¡Ya pronto te acompaño!

    Le gusta a 1 persona

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