La habitación de María y Ester se siente más pequeña de lo habitual. Estamos todos sentados ahí. Mis cuatro hermanos y yo en el sofá cama de estampado floreado, y papá y mamá en el suelo de parqué. Estoy nerviosa. Me sudan las manos y miro de reojo a mis hermanos, aunque estoy convencida de que Daniel no se entera de nada. Está gateando por el sofá y se ha empeñado en tirarse de cabeza. Amelia le engancha por el pañal y mamá se levanta y le coge en brazos.

—¿Qué pasa, papá? —pregunta Amelia, ejerciendo su papel de hermana mayor.

—Mamá y yo queremos deciros algo muy importante.

Amelia me mira con los ojos llenos de duda y yo trago con dificultad. Hay algo extraño en su voz.

—Habéis visto en las noticias lo que está ocurriendo en Ruanda, ¿verdad? —pregunta mamá.

—Sí —contestamos al unísono María, Amelia y yo. Ester nos mira con el entrecejo fruncido y menea la cabeza de arriba abajo en una respuesta tardía, poniendo en evidencia sus cuatro añitos.

—La cosa se está poniendo muy, muy difícil allí y los campos de refugiados son cada vez más y más grand…

—¿El sitio donde se está juntado toda la gente? —pregunto, tratando de entender.

—Sí, cielo —afirma papá con cariño en sus ojos—, y lo están pasando canutas. Hay muchos heridos, enfermos, niños desnutridos y… necesitan médicos desesperadamente.

—¡¿Vais a iros?! —pregunta Amelia, alarmada.

—Cariño, el mundo le está dando la espalda a todas esas personas, pero nosotros no podemos, mi amor, no está bien. Hay una organización médica que se está encargando de llevar médicos para allá. Hemos pensado —Mamá mira a papá con complicidad— que papá podría ir y ayudar. Ha aplicado para estar allí por un mes.

El silencio es casi tangible.

Me observo las uñas comidas y después a ellos. De repente hay tristeza en el ambiente. Entiendo por qué papá quiere ir, pero también me duele que se vaya a un sitio donde la gente está muriendo. ¿Y si le pasa algo?

Los días pasan demasiado rápido y las noticias emitidas por televisión no hacen más que hablar del conflicto armado, enseñando imágenes horrendas de calles desoladas de tierra roja manchadas de muerte; de familias enteras huyendo con sus posesiones a cuestas, faltos de toda expresividad; y de niños desnudos corriendo por las improvisadas vías de la nueva ciudad de carpas de plástico blanco, rojo y azul.

Papá está haciendo la maleta. Mamá realiza un recuento en voz alta de lo que ya está guardado y le pregunta por lo que parece estar pendiente.

—¿Has metido el cepillo de dientes?

—Sí.

—¿El pijama de rayas azules?

—Sí, cariño.

Doblo en cuatro el papel con el dibujo y la notita que le he hecho y soy consciente de que me tiemblan las manos. Intento contener las lágrimas, pero no es fácil.

«Se va a la guerra —me digo incrédula—, se va, papi se va».

Respiro profundamente y me armo de valor. No quiero que se ponga triste.

—Mira papi, te he hecho esto para que lo lleves contigo, pero no lo puedes abrir hasta que no estés en el avión.

—Gracias mi vida.

Me da uno de esos besos que solo él sabe dar y me acaricia la mejilla con ternura.

Tenso la mandíbula y me obligo a ser fuerte. En realidad, tendría que salir de la habitación para explotar en llanto, pero quiero aprovechar cada minuto con él antes de que se marche.

Amelia está sentada en la cama y María abrazada a la cintura de mamá. Papá cierra la maleta y la baja con cierta dificultad de la cama.

—Bueno, pues ya está —dice, dando un profundo suspiro. Aprieta los labios y sabe, al igual que nosotras, que viene la peor parte: la despedida.

Todavía puedo sentir el olor a Old Spice de su camisa. Ese último abrazo lo iba a guardar en mi mente y en mis sentidos hasta que lo volviera a ver. Ayer no fue fácil, pero hoy ya significa que queda un día menos para que esté aquí otra vez.

Los días pasan a cuenta gotas. Es insufrible. Llamó cuando llegó a Burundi, pero solo pudo hablar con mamá. “Todo va a estar bien —nos dijo ella—, y dice que tu nota le ha encantado, que no se va a despegar de ella ni a sol ni a sombra”.

Ir al colegio se me está haciendo pesadísimo. Me siento como un zombi existiendo por inercia, esperando cada día a que lleguen las dos para poder volver a casa, saber si ha llegado carta y, si no, ver las cruentas noticias de la tarde.

Lunes, martes, miércoles, ¡¡¡carta!!!

«20 de mayo de 1994», leo para mí la fecha escrita con la ininteligible letra de papá y sonrío excitada. Mamá, que está sentada en el sillón del salón, se recoge un mechón de pelo detrás de la oreja dispuesta a leernos en voz alta la carta, mientras que nosotras nos sentamos en los brazos del asiento y en el suelo al lado de ella. No puedo evitar que se me venga la misma escena de Mujercitas a la cabeza y que me embargue una emoción intensa y chispeante. Hacemos un silencio sepulcral y la voz de mamá lo llena con las palabras de papá.

—[…] Hoy he visto hipopótamos al lado de la casa donde nos estamos quedando y me parece tan irreal la paz con la que se desenvuelven. Están ajenos a este horror en el que el mundo se ha olvidado de esta parte en particular.

»[…] Se nos acaban los recursos y están evacuando a todos. Sin embargo, Sergio y yo hemos decidido ser los últimos en salir. Haremos cirugías hasta que ya no quede nada. Esto es increíble. He visto a la maldad personificada en mis semejantes y no tengo palabras. Sois el ancla que me ayuda a no perder la cordura y quiero que sepáis que mis manos son las vuestras y que, al dejarme venir, lo habéis hecho también conmigo. Así como en la parábola del Buen Samaritano, nosotros no seremos los que pasemos de largo nunca.

Las pantallas del aeropuerto de Málaga muestran que papá ya ha aterrizado. Estamos como locos. Daniel gatea como un cachorro descontrolado y Ester corretea detrás de él con su típica risilla contagiosa. Amelia está colgada del brazo de mami, y María y yo vamos de la mano hacia la puerta de llegada.

Miro la hora en mi reloj de pulsera ancha y me muerdo las uñas al ver que los minutos no avanzan. Cada vez que las puertas corredizas se abren dando la bienvenida a un viajero, me pongo de puntillas para ver si es él.

—¡¡¡Papá!!! ¡¡¡Papá!!! —gritamos llenas de la más increíble alegría.

Sonríe, está feliz y aliviado, pero su semblante está tan fatigado, tan dolido, tan… distinto. No soy la única que se da cuenta, no. Nos abrazamos, le besamos y en un ambiente confuso regresamos a casa.

Han pasado cuatro años desde que papá volvió de África. Ha ido sanando. Con el tiempo nos ha ido contando las cosas inhumanas que presenció en aquel genocidio; las dificultades que pasó, como aquella vez que le pusieron la punta de un rifle en el vientre; y otras, las hemos sabido viendo las fotos que tomó para no olvidar lo que el hombre decidió relegar demasiado rápido.

Mañana es mi cumpleaños. Cumplo dieciocho. No quiero una fiesta, no quiero regalos, solo tengo un deseo: ser como mis padres y jamás pasar de largo ante la necesidad del otro, porque si todos lo hiciéramos ¿qué sería de mí, de ti, de este mundo?

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